Romeo…
Suspira Julieta sin entender todavía que Romeo no existe, que es producto de su imaginación.
Quiso construir una historia de amor perfecta y para conseguirlo no le importó la moral, olvidó la ética y fue cruel.
No sabía Julieta entonces que Romeo estaba más allá de dónde ella podía mirar, más allá de dónde ella podía escuchar. El siempre fue un alma libre, un mar eterno al que no se puede vallar.
A pesar de sus esfuerzos, de su ira, de su amor improvisado, de su pasión interpretada…Romeo seguía ausente, su mirada se perdía y volvía a concentrarse únicamente para captar la atención de su hija.
El resto del tiempo Romeo la recordaba. Vivía con sentimientos encontrados que cabalgaban entre el amor y la agonía. El amor que en profundo silencio le profesaba, la agonía de no poder besarla, estrecharla en sus brazos y hacerla suya una vez más. Agonizaba sí, pero prefería esa agonía a perderla del todo para siempre. Al menos así, podía recordar su olor, podía jugar a rozar su tez dorada, podía soñar que se arropaba en su pecho turgente.
Y Julieta tuvo miedo. Sintió la fría daga de los celos y supo entonces que por mil hijos que pariera jamás lograría ocupar el lugar que ella ocupaba en la mente de Romeo.
Miró a su alrededor y empezó a darse cuenta de que su hogar estaba lleno de señales de amor. De recuerdos ocultos, de imágenes que a Romeo le evocaban el recuerdo de un pasado mejor. Quiso volverse loca y destruirlo todo, pero no pudo. Hiciera lo que hiciera Romeo siempre pensaría en ella.
Y Julieta tuvo terror. Sintió impotencia y lamentó profundamente haberse interpuesto. Ahora, su crueldad, su falta de moral, su inexistente ética, se volvían contra ella. Y en su lamento comprendió que podía tener su cuerpo, robar su semilla, pero que el hacerlo jamás le otorgaría poder sobre su alma, a la que ahora que se daba cuenta, no había conseguido mirar porque lo único que Romeo podía aún guardar para ella era su alma, y para ella la ocultaba y para ella la reservaba y para ella eran las lágrimas de cada noche y para ella, para ella, para ella todo. Para ella el frío, para ella el calor, para ella la esperanza, para ella su mente. A través del tiempo, del espacio. Siempre ella.
Amar juntos, morir solos.
Un fragmento de “Palomitas Dulces” novela sobre amor, celos y venganza de Silvia Giner.